Temporeras: mucho más que mano de obra.

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Cada año, cuando llegan las campañas agrícolas, miles de personas se incorporan durante semanas o meses al trabajo en los campos españoles. La recogida de frutas, verduras, cítricos, aceituna o uva depende, en buena medida, de esta mano de obra temporal.

Muchas de estas personas son migrantes. En abril de 2026, las personas extranjeras representaban el 27,1 % de las personas afiliadas en el sector de la Agricultura, Ganadería, Silvicultura y Pesca. En el Sistema Especial Agrario, su presencia era todavía mayor: suponían el 40,7 % de las personas afiliadas extranjeras.

Estos datos permiten entender el peso que tiene la población migrante en un sector fundamental para la economía y para nuestra alimentación. Pero también obligan a mirar más allá de las cifras.

Un trabajo temporal, unos derechos permanentes.

Ser temporera significa, en muchos casos, desplazarse de un lugar a otro siguiendo el calendario de las campañas agrícolas. Para algunas personas supone una oportunidad de empleo durante unos meses; para otras, forma parte de una estrategia migratoria que combina diferentes trabajos y desplazamientos a lo largo del año.

En el Estado Español también existe la denominada migración circular, mediante la que personas son contratadas en sus países de origen para trabajar temporalmente en determinadas campañas y regresar posteriormente a sus lugares de procedencia. Durante 2023 y 2024, alrededor de 40.000 personas llegaron a territorio español a través del programa de contratación en origen GECCO.

Pero que un empleo sea temporal no significa que los derechos puedan serlo.

Las personas trabajadoras del campo tienen derecho a un contrato, a un salario conforme a la normativa y al convenio correspondiente, a descansos, a cotizar a la Seguridad Social y a trabajar en condiciones que protejan su salud y seguridad.

Además, durante los meses de verano existe un riesgo añadido: las altas temperaturas. El calor extremo puede convertirse en un problema de salud y seguridad para quienes realizan trabajos físicos al aire libre, por lo que la prevención y la adaptación de las condiciones de trabajo resultan especialmente importantes.

Cuando hablamos de migración, hablamos de personas.

Una parte importante de las personas que participan en estas campañas son migrantes. En determinados sectores y campañas, además, la presencia de mujeres migrantes es especialmente significativa.

Sin embargo, existe el riesgo de reducir toda esta realidad a una cuestión de necesidad de mano de obra.

Las personas que llegan a los campos españoles no son solamente trabajadores y trabajadoras que cubren un puesto durante una campaña. Son personas con historias, familias, proyectos, vínculos y derechos. Algunas llevan años viviendo en el Estado Español; otras llegan únicamente durante unos meses; otras utilizan estos empleos como una puerta de entrada a un nuevo proyecto de vida.

Hablar de temporeros también significa hablar de migración, pero hacerlo únicamente desde el punto de vista económico deja fuera una parte fundamental de la realidad.

El campo también tiene derechos.

Las campañas agrícolas forman parte de nuestra vida cotidiana, aunque muchas veces no pensemos en quién está detrás de ellas.

Cuando compramos una fruta, una verdura o cualquier otro producto de temporada, rara vez vemos las horas de trabajo que han sido necesarias para que llegue hasta nosotros.

Por eso, hablar de temporeras no debería servir únicamente para explicar cómo funciona una campaña agrícola. También debe servir para recordar que detrás de cada cifra hay personas y que detrás de cada trabajador hay una historia que va mucho más allá de su empleo.

El trabajo puede ser temporal. Los derechos y la dignidad, no.

 

Fuentes: Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones; Ministerio de Trabajo y Economía Social; Seguridad Social.

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