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Hay cosas que forman parte de nuestra vida hasta tal punto que dejamos de preguntarnos de dónde vienen.
El café que tomamos por la mañana. El arroz de una paella. El tomate de una ensalada. Las palabras que utilizamos para hablar. El teléfono que llevamos en el bolsillo. Una canción que escuchamos. Los números con los que hacemos una cuenta.
Parecen elementos independientes, propios de nuestro día a día, incluso de nuestra cultura. Pero basta con detenerse un momento y seguir su rastro para descubrir algo bastante más complejo: muchas de las cosas que consideramos propias tienen historias que atraviesan fronteras, continentes y generaciones.
No es una particularidad del mundo actual. Tampoco empezó con la globalización.
La humanidad lleva miles de años desplazándose, comerciando, intercambiando conocimientos, conquistando territorios, huyendo de conflictos, buscando nuevas oportunidades y entrando en contacto con otras sociedades.
Y esas relaciones han dejado huella en prácticamente todo lo que nos rodea.
Pensemos en algunos alimentos que hoy asociamos con determinadas cocinas.
La patata procede de los Andes. El tomate, los pimientos y el cacao tienen su origen en América. El arroz cuenta con una historia milenaria en Asia. El café tiene sus raíces en África y su cultivo y consumo como bebida se desarrollaron posteriormente en Yemen.
Su llegada a otras regiones no siempre respondió a las mismas circunstancias. Hubo comercio, exploración, intercambio y adaptación, pero también conquista, colonización y desplazamientos forzados.
El resultado, con el paso de los siglos, es que muchos de esos productos acabaron incorporándose a las cocinas locales hasta convertirse en algo que hoy parece inseparable de ellas.
La patata llegó a Europa en el siglo XVI. El tomate también cruzó el Atlántico en ese periodo. El cacao, procedente de Mesoamérica, terminó convirtiéndose en uno de los productos más consumidos del mundo.
Hoy nadie necesita pensar en América cuando come una tortilla de patatas o en los Andes cuando compra patatas en el supermercado.
El origen se vuelve invisible cuando algo pasa a formar parte de nuestra vida cotidiana.
Y eso es precisamente lo interesante.
No hace falta entrar en la cocina para encontrar historias de este tipo. Basta con abrir la boca.
El castellano, como cualquier lengua viva, es el resultado de siglos de contacto entre pueblos y lenguas diferentes.
Palabras tan habituales como aceite, almohada, alcalde, azúcar u ojalá tienen origen árabe. Otras, como tomate y chocolate, llegaron desde lenguas indígenas americanas.
Podemos seguir el recorrido de algunas de ellas.
Tomate procede del náhuatl tomatl.
Chocolate está relacionado con el náhuatl xocolātl.
Aceite procede del árabe az-zayt, relacionado con la palabra que designaba el aceite de oliva.
Azúcar procede del árabe as-sukkar, que a su vez tiene una historia lingüística mucho más antigua y vinculada a las rutas comerciales entre Asia y Occidente.
Las palabras cambian cuando pasan de una lengua a otra. Se adaptan a nuevos sonidos, nuevas pronunciaciones y nuevos usos.
Pero permanecen.
Y, muchas veces, dejamos de recordar que alguna vez fueron «extranjeras».
La historia de la ciencia ofrece ejemplos todavía más claros.
El sistema de numeración que utilizamos habitualmente se desarrolló a partir de conocimientos matemáticos de la India y llegó a Europa, entre otras vías, a través del mundo islámico.
La transmisión del conocimiento durante la Edad Media tampoco fue un recorrido sencillo de un lugar a otro. Textos y saberes procedentes de las tradiciones griega, persa, india y árabe fueron traducidos, estudiados, conservados y desarrollados en distintos centros intelectuales.
En matemáticas, astronomía, medicina, filosofía o navegación encontramos continuamente esta circulación de conocimientos.
Por eso resulta difícil hablar de una ciencia completamente «de un sitio».
El conocimiento se construye acumulando lo que otros descubrieron antes, corrigiéndolo, ampliándolo y transmitiéndolo.
Nadie empieza desde cero.
Algo parecido ocurre con muchas tecnologías que hoy consideramos universales.
El papel se desarrolló en China y su fabricación se extendió posteriormente hacia Asia occidental y Europa.
La pólvora también tiene sus primeras referencias en China.
La imprenta de tipos móviles tuvo importantes desarrollos en Asia antes de que Johannes Gutenberg popularizara la impresión con tipos móviles metálicos en la Europa del siglo XV.
No se trata de restar importancia a quienes transformaron estas tecnologías en nuevos contextos. Gutenberg, por ejemplo, tuvo un papel decisivo en la expansión de la imprenta europea.
Pero sí sirve para recordar algo importante: las innovaciones no aparecen aisladas.
Se apoyan en conocimientos anteriores, circulan, se modifican y adquieren nuevos usos.
La música ofrece otra ventana para entenderlo.
El candombe uruguayo, por ejemplo, está profundamente relacionado con la historia de las comunidades de ascendencia africana de Montevideo. Sus raíces están vinculadas a la presencia africana en el Río de la Plata, marcada también por la esclavitud y el desplazamiento forzado de personas.
Con el paso del tiempo, el candombe se convirtió en una expresión fundamental de la cultura uruguaya.
En 2009, la UNESCO lo incorporó a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Su historia nos recuerda que las expresiones culturales no pueden entenderse únicamente mirando el lugar donde hoy las encontramos.
Hay que mirar también quiénes las llevaron, en qué circunstancias llegaron, qué transformaciones experimentaron y cómo fueron transmitidas.
Lo mismo podemos observar en géneros musicales como el jazz, el reggae, el tango o la salsa, cada uno con historias diferentes y con múltiples influencias.
No significa que todas las culturas sean una mezcla indistinguible.
Significa algo más sencillo: las culturas cambian cuando entran en contacto con otras.
Hay una cuestión que conviene no perder de vista.
Hablar de intercambios entre sociedades puede sonar demasiado amable si olvidamos las circunstancias en las que se produjeron.
A lo largo de la historia hubo comercio y aprendizaje, pero también invasiones, explotación, esclavitud, colonialismo y desplazamientos forzados.
Algunos conocimientos fueron transmitidos voluntariamente. Otros fueron apropiados.
Algunas personas viajaron porque quisieron. Otras fueron obligadas a hacerlo.
Y algunas sociedades tuvieron mucho más poder que otras para decidir qué se intercambiaba, quién podía hacerlo y quién se beneficiaba de ello.
Contar estas historias exige reconocer esa desigualdad.
Porque decir que el mundo siempre ha estado conectado no significa decir que esas conexiones hayan sido siempre justas.
Quizá esta sea la pregunta que queda después de recorrer todas estas historias.
¿Qué convierte algo en propio?
¿El lugar donde se originó?
¿El tiempo que lleva formando parte de una sociedad?
¿Las personas que lo transformaron?
¿La manera en que lo hemos incorporado a nuestra vida?
La respuesta no es sencilla.
El tomate llegó de América, pero forma parte de la cocina mediterránea desde hace siglos.
Palabras de origen árabe forman parte del castellano y del valenciano actual.
Conocimientos desarrollados en distintos lugares del mundo terminaron formando parte de la ciencia que hoy estudiamos como un patrimonio común.
Una música puede nacer en un contexto concreto y terminar siendo reconocida mucho más allá de sus fronteras.
La pertenencia no siempre tiene un único punto de partida.
Aquí es donde esta historia deja de ser solamente una cuestión de alimentos, palabras o tecnología.
Porque las personas también se desplazan.
Lo han hecho durante miles de años, por razones muy diferentes: para comerciar, estudiar, trabajar, escapar de una guerra o de una persecución, reunirse con su familia, buscar oportunidades o, sencillamente, comenzar una nueva vida.
Al llegar, también transforman y son transformadas por las sociedades que encuentran.
Llevan consigo conocimientos, idiomas, costumbres, formas de entender el mundo, recetas, música, profesiones y experiencias.
Algunas de esas aportaciones serán visibles.
Otras pasarán desapercibidas.
Y muchas, con el tiempo, dejarán de parecer «de fuera».
No vivimos en sociedades aisladas.
Nuestra vida cotidiana es el resultado de una historia larga y compleja, en la que han participado personas de lugares muy diferentes.
Eso no significa que las fronteras no existan, ni que las diferencias culturales desaparezcan, ni que todos los intercambios históricos hayan sido positivos.
Significa que la idea de una cultura completamente aislada de las demás resulta difícil de sostener cuando miramos la historia con un poco de perspectiva.
Quizá por eso convenga desconfiar de algunas frases que parecen sencillas.
«Esto es de aquí». «Eso es de fuera». «Nuestra cultura siempre ha sido así».
La historia suele ser bastante más complicada.
Porque detrás de una palabra puede haber otra lengua, detrás de una receta, otro continente, detrás de una tecnología, generaciones de conocimiento, detrás de una canción, una historia de desplazamientos y resistencia…
Y detrás de una sociedad, millones de personas que, en algún momento de la historia, estuvieron en movimiento.
Quizá mirar de dónde vienen las cosas no sirva únicamente para conocer mejor el pasado.
También puede ayudarnos a mirar de otra manera a quienes llegan hoy.
Porque si algo demuestra la historia es que el mundo que habitamos nunca fue construido por una sola sociedad, ni por un solo pueblo, ni desde un único lugar.
Lo construimos, generación tras generación, a partir de todo aquello que hemos aprendido, recibido, transformado y dejado atrás.
Y esa historia continúa.
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Fuentes y referencias: UNESCO, Smitsonian Institution, Encyclopaedia Britannica, Food and Agriculture Organization (FAO), Library of Congress y documentación histórica y lingüística especializada.
Democracia: mucho más que votar
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Como cada 15 de septiembre, se celebra el Día Internacional de la Democracia, una fecha proclamada por Naciones Unidas en 2007 para recordar la importancia de la democracia, los derechos humanos y la participación de la ciudadanía en la vida pública.
Hablar de democracia suele llevarnos directamente a las elecciones. A las urnas, a los partidos y a la posibilidad de elegir a nuestros representantes. Y, efectivamente, las elecciones libres y periódicas son una parte fundamental de cualquier sistema democrático.
Pero una democracia no se acaba cuando termina la jornada electoral, también necesita libertad de expresión, acceso a la información, Estado de derecho, instituciones que rindan cuentas y una ciudadanía que pueda participar en las decisiones que afectan a su vida.
Participar también es democracia
La participación política y social no ocurre únicamente dentro de un colegio electoral.
También está en una persona que se organiza con sus vecinos, en una asociación que reclama mejoras para su barrio, en quien defiende un derecho, en quien se informa antes de tomar una decisión o en quienes crean espacios para que otras personas puedan ser escuchadas.
La sociedad civil tiene, en este sentido, un papel fundamental.
Porque para que exista una democracia sólida no basta con que las instituciones funcionen. También es necesario que las personas puedan organizarse, expresarse, reclamar y participar sin que determinadas voces queden permanentemente fuera.
Una realidad que debería preocuparnos
Los datos actuales muestran que la democracia no es algo que podamos considerar garantizado.
Según el Democracy Report 2026 del V-Dem Institute, al finalizar 2025 había 92 autocracias frente a 87 democracias. Además, aproximadamente el 74 % de la población mundial, unos 6.000 millones de personas, vivía en países clasificados como autocracias.
Estos datos no significan que todas las democracias funcionen de la misma manera ni que todos los países que V-Dem clasifica como autocracias tengan las mismas características. Su clasificación distingue diferentes tipos de regímenes políticos.
Lo importante es la tendencia que señalan: la democracia también puede debilitarse.
Y ese retroceso no tiene por qué producirse de un día para otro. Puede aparecer cuando se limita la libertad de expresión, se deteriora la libertad de prensa, se reducen los espacios de participación o se debilitan los mecanismos destinados a controlar el poder.
Por eso defender la democracia también significa prestar atención a cómo funcionan nuestras instituciones y a las posibilidades reales que tiene la ciudadanía para participar.
¿Quién puede participar realmente?
Desde Candombe queremos llevar esta reflexión un paso más allá.
Porque cuando hablamos de participación también tenemos que preguntarnos quién tiene más facilidades para participar y quién encuentra más obstáculos para hacerlo.
Las personas migrantes forman parte de nuestras comunidades. Viven en nuestros barrios, trabajan, estudian, cuidan, crean redes y participan de la vida social.
Sin embargo, encontrarse con barreras administrativas, desconocer determinados derechos, tener dificultades para acceder a información o no disponer de espacios donde ser escuchadas puede dificultar esa participación.
La democracia también tiene que ver con eso.
No se trata únicamente de tener derecho a votar. Se trata de poder conocer nuestros derechos, ejercerlos, organizarnos y formar parte de la sociedad de la que somos parte.
La democracia se construye cada día
Quizá por eso, en este Día Internacional de la Democracia, la pregunta no debería ser únicamente si vivimos en una democracia.
También podemos preguntarnos:
¿Quién puede participar?, ¿Quién es escuchado?, ¿Quién encuentra más dificultades para hacerse escuchar?, ¿Y qué estamos haciendo para que esas voces también tengan espacio?…
La democracia no está terminada ni se construye una sola vez.
Se construye cada día en las instituciones, en los barrios, en las asociaciones, en los espacios comunitarios y también en nuestra manera de relacionarnos con las demás personas.
Una democracia no es solamente poder elegir quién gobierna. También es poder hablar, organizarse, discrepar, defender derechos y formar parte de las decisiones que construyen nuestra sociedad.
En Candombe seguimos apostando por una sociedad más justa, participativa e intercultural, donde todas las personas puedan ejercer sus derechos y encontrar espacios para formar parte de la vida colectiva.
15 de septiembre | Día Internacional de la Democracia | Candombe
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Candombe organiza un taller de autocuidado para fortalecer el bienestar y las redes de apoyo en Turís
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Cuidarnos también es una forma de construir comunidad. Con esta idea, desde Candombe organizamos un Taller de Autocuidado en Turís, un espacio pensado para dedicar tiempo al bienestar personal, reconocer nuestras necesidades y emociones y compartir herramientas que puedan ayudarnos a afrontar situaciones de estrés o sobrecarga.
En el día a día, muchas veces ponemos el cuidado de otras personas por delante del nuestro. Las responsabilidades, las preocupaciones y el ritmo cotidiano pueden hacer que dejemos poco espacio para preguntarnos cómo estamos o qué necesitamos.
Este taller nace precisamente para generar ese espacio: parar, escucharnos y compartir.
Más allá del autocuidado individual.
Hablar de autocuidado no significa únicamente hablar de hábitos personales. También implica reconocer que las personas necesitamos a otras personas.
Contar con alguien con quien hablar, pedir ayuda cuando la necesitamos, compartir nuestras preocupaciones o sentir que formamos parte de una red son elementos que pueden contribuir a nuestro bienestar.
Por eso, el taller abordará el cuidado desde una perspectiva personal y colectiva, poniendo en valor los vínculos, el apoyo mutuo y las redes comunitarias como recursos para afrontar las dificultades.
La propuesta parte de una idea sencilla: no tenemos que poder con todo ni hacerlo todo en soledad.
Un espacio para reconocer, compartir y aprender.
A lo largo de las tres sesiones se trabajarán contenidos relacionados con el autocuidado, buscando que las personas participantes puedan:
El objetivo no es encontrar una única manera de cuidarnos, sino descubrir qué herramientas y recursos pueden ayudarnos en diferentes momentos de nuestra vida.
Tres sesiones para dedicarnos tiempo.
El taller se desarrollará en tres sesiones de una hora y media:
Horario: de 11:00 a 12:30 horas.
Lugar: Edificio de Servicios Sociales de Turís
C/ Pablo Iglesias, nº 6, Turís, València. (46389).
Las tres sesiones forman parte de un mismo espacio de encuentro, por lo que la participación permitirá dar continuidad al trabajo y a las reflexiones que se vayan generando.
Cuidarnos para seguir construyendo comunidad.
Desde Candombe apostamos por generar espacios donde las personas puedan encontrarse, compartir experiencias y construir redes. El cuidado forma parte también de esa manera de entender la comunidad.
Porque cuidarnos no es aislarnos ni pensar únicamente en una misma persona. Es saber escucharnos, reconocer nuestros límites, pedir apoyo cuando lo necesitamos y estar también disponibles para acompañar a quienes tenemos cerca.
Parar. Escucharnos. Acompañarnos. Cuidarnos.
Candombe te invita a descubrir este espacio y a formar parte del taller.
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Activitat desenvolupada en el marc de la subvenció concedida per a la realització de projectes en zones afectades per la DANA de la Conselleria de Servicis Socials, Família i Infància #DANACO
@gvaigualtat
Taller de autocuidado en Turís: cuidarnos para cuidar y fortalecer nuestra comunidad.
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Cuidarnos también es una forma de construir comunidad. En nuestro día a día podemos atravesar momentos de estrés, cansancio, sobrecarga o situaciones que afectan a nuestro bienestar. Reconocer lo que necesitamos, aprender a gestionar estas situaciones y contar con personas y redes de apoyo puede marcar una diferencia.
Por eso, desde Candombe organizamos un Taller de Autocuidado, un espacio pensado para parar, escucharnos y compartir herramientas que nos ayuden a cuidar nuestro bienestar personal y colectivo.
El objetivo del taller es promover el cuidado y el autocuidado personal y colectivo, facilitando que las personas participantes puedan reconocer sus propias necesidades, emociones y recursos para afrontar situaciones de estrés o sobrecarga.
Pero hablar de autocuidado también significa hablar de comunidad. Nuestro bienestar no depende únicamente de lo que cada persona pueda hacer por sí misma. Los vínculos, el apoyo mutuo y las redes comunitarias son recursos fundamentales para afrontar las dificultades y sentirnos acompañadas y acompañados.
Un espacio para parar, compartir y aprender.
A lo largo de las tres sesiones trabajaremos diferentes contenidos relacionados con el autocuidado, generando un espacio de confianza en el que poder reflexionar sobre cómo nos encontramos, qué necesitamos y qué herramientas tenemos a nuestro alcance.
El taller busca combinar la reflexión individual con la dimensión colectiva: conocernos mejor, identificar nuestras necesidades y, al mismo tiempo, fortalecer los vínculos que nos permiten apoyarnos mutuamente.
Porque cuidarse no significa hacerlo todo a solas. También significa saber pedir ayuda, escuchar a otras personas, poner límites, reconocer nuestras emociones y construir redes en las que podamos apoyarnos.
Tres sesiones para cuidarnos.
El taller estará formado por tres sesiones de 1 hora y 30 minutos cada una:
Horario: de 11:00 a 12:30 horas
Lugar: Edificio de Servicios Sociales de Turís, C/ Pablo Iglesias, nº 6.
Las sesiones están planteadas como un espacio participativo en el que compartir experiencias, adquirir recursos y dedicar un tiempo al propio bienestar.
Cuidarnos también es sumar.
En Candombe entendemos el cuidado como una responsabilidad que podemos construir entre todas y todos. Una comunidad más fuerte es también una comunidad que se cuida, se escucha y se acompaña.
Este taller es una oportunidad para dedicar un tiempo a nosotras y nosotros, pero también para conocer a otras personas, compartir experiencias y seguir fortaleciendo las redes que existen en nuestro entorno.
Recomendamos realizar la inscripción con antelación.
Si quieres aprender nuevas herramientas para cuidarte y compartir un espacio de apoyo y encuentro, te esperamos.
Cuidarnos. Escucharnos. Acompañarnos. Sumar.
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Activitat desenvolupada en el marc de la subvenció concedida per a la realització de projectes en zones afectades per la DANA de la Conselleria de Servicis Socials, Família i Infància #DANACO @gvaigualtat
Nada es tan nuestro como creemos
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Hay cosas que forman parte de nuestra vida hasta tal punto que dejamos de preguntarnos de dónde vienen.
El café que tomamos por la mañana. El arroz de una paella. El tomate de una ensalada. Las palabras que utilizamos para hablar. El teléfono que llevamos en el bolsillo. Una canción que escuchamos. Los números con los que hacemos una cuenta.
Parecen elementos independientes, propios de nuestro día a día, incluso de nuestra cultura. Pero basta con detenerse un momento y seguir su rastro para descubrir algo bastante más complejo: muchas de las cosas que consideramos propias tienen historias que atraviesan fronteras, continentes y generaciones.
No es una particularidad del mundo actual. Tampoco empezó con la globalización.
La humanidad lleva miles de años desplazándose, comerciando, intercambiando conocimientos, conquistando territorios, huyendo de conflictos, buscando nuevas oportunidades y entrando en contacto con otras sociedades.
Y esas relaciones han dejado huella en prácticamente todo lo que nos rodea.
Una cocina que dibuja un mapa.
Pensemos en algunos alimentos que hoy asociamos con determinadas cocinas.
La patata procede de los Andes. El tomate, los pimientos y el cacao tienen su origen en América. El arroz cuenta con una historia milenaria en Asia. El café tiene sus raíces en África y su cultivo y consumo como bebida se desarrollaron posteriormente en Yemen.
Su llegada a otras regiones no siempre respondió a las mismas circunstancias. Hubo comercio, exploración, intercambio y adaptación, pero también conquista, colonización y desplazamientos forzados.
El resultado, con el paso de los siglos, es que muchos de esos productos acabaron incorporándose a las cocinas locales hasta convertirse en algo que hoy parece inseparable de ellas.
La patata llegó a Europa en el siglo XVI. El tomate también cruzó el Atlántico en ese periodo. El cacao, procedente de Mesoamérica, terminó convirtiéndose en uno de los productos más consumidos del mundo.
Hoy nadie necesita pensar en América cuando come una tortilla de patatas o en los Andes cuando compra patatas en el supermercado.
El origen se vuelve invisible cuando algo pasa a formar parte de nuestra vida cotidiana.
Y eso es precisamente lo interesante.
Las palabras también dejan huella.
No hace falta entrar en la cocina para encontrar historias de este tipo. Basta con abrir la boca.
El castellano, como cualquier lengua viva, es el resultado de siglos de contacto entre pueblos y lenguas diferentes.
Palabras tan habituales como aceite, almohada, alcalde, azúcar u ojalá tienen origen árabe. Otras, como tomate y chocolate, llegaron desde lenguas indígenas americanas.
Podemos seguir el recorrido de algunas de ellas.
Tomate procede del náhuatl tomatl.
Chocolate está relacionado con el náhuatl xocolātl.
Aceite procede del árabe az-zayt, relacionado con la palabra que designaba el aceite de oliva.
Azúcar procede del árabe as-sukkar, que a su vez tiene una historia lingüística mucho más antigua y vinculada a las rutas comerciales entre Asia y Occidente.
Las palabras cambian cuando pasan de una lengua a otra. Se adaptan a nuevos sonidos, nuevas pronunciaciones y nuevos usos.
Pero permanecen.
Y, muchas veces, dejamos de recordar que alguna vez fueron «extranjeras».
El conocimiento tampoco tiene una sola procedencia.
La historia de la ciencia ofrece ejemplos todavía más claros.
El sistema de numeración que utilizamos habitualmente se desarrolló a partir de conocimientos matemáticos de la India y llegó a Europa, entre otras vías, a través del mundo islámico.
La transmisión del conocimiento durante la Edad Media tampoco fue un recorrido sencillo de un lugar a otro. Textos y saberes procedentes de las tradiciones griega, persa, india y árabe fueron traducidos, estudiados, conservados y desarrollados en distintos centros intelectuales.
En matemáticas, astronomía, medicina, filosofía o navegación encontramos continuamente esta circulación de conocimientos.
Por eso resulta difícil hablar de una ciencia completamente «de un sitio».
El conocimiento se construye acumulando lo que otros descubrieron antes, corrigiéndolo, ampliándolo y transmitiéndolo.
Nadie empieza desde cero.
También viajaron las tecnologías.
Algo parecido ocurre con muchas tecnologías que hoy consideramos universales.
El papel se desarrolló en China y su fabricación se extendió posteriormente hacia Asia occidental y Europa.
La pólvora también tiene sus primeras referencias en China.
La imprenta de tipos móviles tuvo importantes desarrollos en Asia antes de que Johannes Gutenberg popularizara la impresión con tipos móviles metálicos en la Europa del siglo XV.
No se trata de restar importancia a quienes transformaron estas tecnologías en nuevos contextos. Gutenberg, por ejemplo, tuvo un papel decisivo en la expansión de la imprenta europea.
Pero sí sirve para recordar algo importante: las innovaciones no aparecen aisladas.
Se apoyan en conocimientos anteriores, circulan, se modifican y adquieren nuevos usos.
La cultura tampoco permanece quieta.
La música ofrece otra ventana para entenderlo.
El candombe uruguayo, por ejemplo, está profundamente relacionado con la historia de las comunidades de ascendencia africana de Montevideo. Sus raíces están vinculadas a la presencia africana en el Río de la Plata, marcada también por la esclavitud y el desplazamiento forzado de personas.
Con el paso del tiempo, el candombe se convirtió en una expresión fundamental de la cultura uruguaya.
En 2009, la UNESCO lo incorporó a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Su historia nos recuerda que las expresiones culturales no pueden entenderse únicamente mirando el lugar donde hoy las encontramos.
Hay que mirar también quiénes las llevaron, en qué circunstancias llegaron, qué transformaciones experimentaron y cómo fueron transmitidas.
Lo mismo podemos observar en géneros musicales como el jazz, el reggae, el tango o la salsa, cada uno con historias diferentes y con múltiples influencias.
No significa que todas las culturas sean una mezcla indistinguible.
Significa algo más sencillo: las culturas cambian cuando entran en contacto con otras.
No todo intercambio fue igual.
Hay una cuestión que conviene no perder de vista.
Hablar de intercambios entre sociedades puede sonar demasiado amable si olvidamos las circunstancias en las que se produjeron.
A lo largo de la historia hubo comercio y aprendizaje, pero también invasiones, explotación, esclavitud, colonialismo y desplazamientos forzados.
Algunos conocimientos fueron transmitidos voluntariamente. Otros fueron apropiados.
Algunas personas viajaron porque quisieron. Otras fueron obligadas a hacerlo.
Y algunas sociedades tuvieron mucho más poder que otras para decidir qué se intercambiaba, quién podía hacerlo y quién se beneficiaba de ello.
Contar estas historias exige reconocer esa desigualdad.
Porque decir que el mundo siempre ha estado conectado no significa decir que esas conexiones hayan sido siempre justas.
Entonces, ¿qué significa realmente «lo nuestro»?.
Quizá esta sea la pregunta que queda después de recorrer todas estas historias.
¿Qué convierte algo en propio?
¿El lugar donde se originó?
¿El tiempo que lleva formando parte de una sociedad?
¿Las personas que lo transformaron?
¿La manera en que lo hemos incorporado a nuestra vida?
La respuesta no es sencilla.
El tomate llegó de América, pero forma parte de la cocina mediterránea desde hace siglos.
Palabras de origen árabe forman parte del castellano y del valenciano actual.
Conocimientos desarrollados en distintos lugares del mundo terminaron formando parte de la ciencia que hoy estudiamos como un patrimonio común.
Una música puede nacer en un contexto concreto y terminar siendo reconocida mucho más allá de sus fronteras.
La pertenencia no siempre tiene un único punto de partida.
Y entonces aparecen las personas.
Aquí es donde esta historia deja de ser solamente una cuestión de alimentos, palabras o tecnología.
Porque las personas también se desplazan.
Lo han hecho durante miles de años, por razones muy diferentes: para comerciar, estudiar, trabajar, escapar de una guerra o de una persecución, reunirse con su familia, buscar oportunidades o, sencillamente, comenzar una nueva vida.
Al llegar, también transforman y son transformadas por las sociedades que encuentran.
Llevan consigo conocimientos, idiomas, costumbres, formas de entender el mundo, recetas, música, profesiones y experiencias.
Algunas de esas aportaciones serán visibles.
Otras pasarán desapercibidas.
Y muchas, con el tiempo, dejarán de parecer «de fuera».
Un mundo construido entre muchas manos.
No vivimos en sociedades aisladas.
Nuestra vida cotidiana es el resultado de una historia larga y compleja, en la que han participado personas de lugares muy diferentes.
Eso no significa que las fronteras no existan, ni que las diferencias culturales desaparezcan, ni que todos los intercambios históricos hayan sido positivos.
Significa que la idea de una cultura completamente aislada de las demás resulta difícil de sostener cuando miramos la historia con un poco de perspectiva.
Quizá por eso convenga desconfiar de algunas frases que parecen sencillas.
«Esto es de aquí». «Eso es de fuera». «Nuestra cultura siempre ha sido así».
La historia suele ser bastante más complicada.
Porque detrás de una palabra puede haber otra lengua, detrás de una receta, otro continente, detrás de una tecnología, generaciones de conocimiento, detrás de una canción, una historia de desplazamientos y resistencia…
Y detrás de una sociedad, millones de personas que, en algún momento de la historia, estuvieron en movimiento.
Nada es tan nuestro como creemos.
Quizá mirar de dónde vienen las cosas no sirva únicamente para conocer mejor el pasado.
También puede ayudarnos a mirar de otra manera a quienes llegan hoy.
Porque si algo demuestra la historia es que el mundo que habitamos nunca fue construido por una sola sociedad, ni por un solo pueblo, ni desde un único lugar.
Lo construimos, generación tras generación, a partir de todo aquello que hemos aprendido, recibido, transformado y dejado atrás.
Y esa historia continúa.
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Fuentes y referencias: UNESCO, Smitsonian Institution, Encyclopaedia Britannica, Food and Agriculture Organization (FAO), Library of Congress y documentación histórica y lingüística especializada.
Les migracions que han construït València: una ciutat feta de moviments i històries.
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La història de València no es pot explicar com la d’una ciutat immòbil. Durant segles, persones procedents d’altres territoris han arribat, s’hi han establit, han treballat i han contribuït a transformar-la. Però també guerres, conquestes, canvis polítics i migracions internes han anat modificant la ciutat i la seua població.
Quan parlem de migracions a València, sovint pensem en les últimes dècades. En les persones que han arribat des d’Amèrica Llatina, Àfrica, Àsia o Europa. És una realitat fonamental per entendre la ciutat actual, però no és nova.
La mobilitat de persones forma part de la història de València des de fa segles.
1238: una ciutat en transformació.
La conquesta de València per Jaume I, l’any 1238, va iniciar una profunda transformació política, social i demogràfica. Una part de la població musulmana va abandonar la ciutat, mentre començava un procés de colonització amb nous pobladors.
El Llibre del Repartiment permet conéixer part d’aquest procés: registra el repartiment de terres i propietats entre els nous pobladors. La majoria procedien dels territoris aragonesos i catalans, però també hi hagué persones arribades d’altres zones de la península i d’Europa, incloent-hi França, Itàlia, Anglaterra o Hongria.
Ara bé, parlar d’aquest període com una simple «arribada de població» seria reduccionista. La conquesta també va comportar expulsions, desplaçaments i una reorganització profunda de les estructures socials i de propietat. De fet, la població musulmana continuà sent el grup més nombrós a la ciutat fins aproximadament l’any 1300, segons el Museu d’Història de València.
La nova ciutat es va anar configurant també a través dels oficis. Artesans de determinades professions es concentraven en carrers concrets, una organització que acabaria afavorint el desenvolupament dels gremis. A principis del segle XIV, València tenia aproximadament 25.000 habitants i continuava rebent nous pobladors.
Una ciutat que continuava rebent gent.
La mobilitat no es va aturar amb el final de la conquesta.
A la documentació municipal medieval apareixen persones procedents de diferents punts del territori. Els Llibres d’Aveïnaments són especialment valuosos perquè permeten seguir la pista de moltes d’aquestes persones.
Entre 1308 i 1478, els registres municipals documenten prop de 4.000 assentaments d’aveïnament. No són simplement noms: permeten conéixer procedències, oficis i aspectes de la incorporació d’aquestes persones a la vida de la ciutat.
I hi ha una dada especialment interessant: quasi el 40 % de la immigració veïnal registrada procedia del mateix Regne de València. És a dir, la mobilitat que alimentava València no venia necessàriament de territoris llunyans. Una part molt important era interna.
La ciutat actuava com un pol d’atracció per a persones que buscaven oportunitats comercials, artesanals o professionals. Entre els aveïnats, l’ofici més freqüent era el de mercader.
I fins i tot en moments de crisi la mobilitat continuava transformant el mapa demogràfic. Després de la pesta negra de 1348 i dels brots epidèmics posteriors, la migració procedent de l’exterior va disminuir i va guanyar pes la mobilitat des de zones interiors del Regne. València va ser una de les principals beneficiàries d’aquests moviments i, segons el Museu d’Història de València, a inicis del segle XV ja havia arribat als 36.000 habitants.
1707: quan canvia la ciutat que havia existit durant segles.
Hi ha un altre moment que no podem deixar fora d’aquesta història: la Guerra de Successió.
La batalla d’Almansa, el 25 d’abril de 1707, va marcar la derrota de les forces austracistes al territori valencià. Però les conseqüències per a València van anar molt més enllà del conflicte militar.
El juny d’aquell mateix any, Felip V va promulgar el Decret de Nova Planta, que va abolir els Furs i les institucions pròpies del Regne de València i va imposar un nou model polític i administratiu, assimilant-lo al de Castella. També es va establir una nova fiscalitat i un govern de caràcter militaritzat.
Per això, 1707 representa una ruptura fonamental en la història de la ciutat i del territori: no sols per qui va guanyar o perdre una guerra, sinó perquè va canviar la manera com València era governada i la seua relació institucional amb la monarquia.
El gran canvi del segle XX: de l’èxode rural als nous barris.
Segles després, València tornaria a experimentar una enorme transformació demogràfica.
Durant les dècades de 1950 i 1960, l’èxode rural va portar milers de persones des d’altres territoris de l’Estat cap a les ciutats. València va ser un dels grans focus d’aquest procés.
El mateix Ajuntament assenyala que als anys seixanta es va produir un espectacular creixement demogràfic vinculat a la immigració, al mateix temps que la ciutat desenvolupava noves infraestructures, ampliava les seues avingudes i creava nous barris a la perifèria.
No va ser només un canvi en les xifres.
Va canviar la ciutat física.
Nous barris, noves escoles, noves associacions, nous comerços i noves formes de vida van aparéixer en una València que creixia ràpidament. En barris com la Creu del Grau, per exemple, l’arribada de població procedent sobretot de Castella-la Manxa, Aragó i Andalusia va ser determinant en la seua explosió demogràfica durant la segona meitat del segle XX.
I després van arribar noves migracions.
A finals del segle XX i, especialment, durant les primeres dècades del XXI, el perfil migratori de València va tornar a canviar.
A les migracions interiors es van sumar fluxos internacionals procedents d’Amèrica Llatina, Europa de l’Est, Àfrica i Àsia. Els mateixos barris que havien crescut amb l’arribada de famílies procedents d’altres territoris de l’Estat van incorporar noves llengües, cultures, comerços i formes de vida.
L’Ajuntament descriu, per exemple, com alguns barris de la ciutat han estat transformats successivament per les migracions interiors dels anys seixanta i setanta i per les migracions internacionals de les darreres dècades.
Aquesta transformació continua hui. A 1 de gener de 2025, València tenia 844.424 habitants, i l’Ajuntament assenyala els moviments migratoris com un dels factors que han impulsat el creixement demogràfic de les primeres dècades del segle XXI.
Una ciutat que sempre ha estat canviant.
Mirar aquesta història amb perspectiva ens permet entendre una cosa important: no existeix una única València immutable.
La ciutat ha canviat amb les conquestes i les migracions, amb les crisis i les oportunitats, amb les persones que han marxat i amb les que han decidit quedar-se.
Per això, parlar de migracions no és parlar només del present.
És parlar també de la història de la ciutat.
De les persones que van arribar des d’altres territoris medievals. De les famílies que van abandonar els seus pobles durant el gran èxode rural del segle XX. De qui va arribar després des d’altres països. I de les generacions que van créixer ací i que hui formen part, plenament, de la societat valenciana.
Perquè una ciutat no és només allò que queda construït en pedra. També és la memòria, el treball i les històries de les persones que l’han anat transformant.
I potser aquesta és una de les millors maneres d’entendre València:
com una ciutat que no ha deixat mai de canviar.
Fonts principals:
Recerca documental Biblioteca municipal de Turís, recerca web, Museu de Història de València; Ajuntament de València, Història de la ciutat; Arxiu Municipal de València i estudi de María de los Desamparados Cabanes sobre els Avehinaments (1308-1478).
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Primeros Auxilios Psicológicos: 3 cosas que NO debemos hacer cuando alguien necesita apoyo.
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Cuando una persona atraviesa una situación difícil, nuestra primera reacción suele ser intentar ayudar. Queremos encontrar una solución, decir algo que la haga sentir mejor o explicarle por qué está pasando por lo que está pasando.
Sin embargo, ayudar no siempre significa hablar, aconsejar o solucionar.
Los Primeros Auxilios Psicológicos (PAP) parten de una idea fundamental: ante una situación de crisis o malestar, podemos ofrecer un primer apoyo basado en la escucha, la calma, la seguridad y el respeto por las necesidades de la persona.
Y para hacerlo adecuadamente, hay tres cosas que conviene recordar: AJI.
No aconsejar inmediatamente.
Cuando alguien nos cuenta un problema, es habitual responder con frases como:
«Yo que tú haría…» «Lo mejor es que…» «Tienes que intentar…»
El problema no es que queramos ayudar. El problema es adelantarnos a lo que la persona necesita.
En una situación de malestar, quizá lo que necesita no es una solución, sino sentirse escuchada y acompañada.
En lugar de dar un consejo inmediatamente, podemos preguntar:
«¿Quieres contarme qué ha pasado?»
«¿Hay algo que pueda hacer por ti ahora?»
Primero escuchamos. Después, si la persona quiere nuestra ayuda para buscar opciones, podemos acompañarla en ese proceso.
No juzgar.
También podemos caer en el juicio sin darnos cuenta.
«No deberías sentirte así.»
«Eso no es para tanto.»
«¿Cómo has podido hacer eso?»
Este tipo de respuestas pueden hacer que la persona se sienta incomprendida, culpable o incluso deje de pedir ayuda.
No necesitamos estar de acuerdo con una persona para escucharla.
Acompañar implica aceptar que cada persona puede reaccionar de manera diferente ante una misma situación.
En lugar de juzgar, podemos validar su experiencia:
«Entiendo que esto pueda estar siendo difícil para ti.»
Validar no significa dar la razón en todo. Significa reconocer que lo que la persona está viviendo y sintiendo merece ser escuchado.
No interpretar.
Otra reacción frecuente es intentar explicar lo que le ocurre a la otra persona:
«Seguro que estás así porque…».
«Lo que realmente te pasa es…».
«Esto te ha generado…».
Pero podemos equivocarnos.
Interpretar significa atribuir a la persona sentimientos, causas o significados que ella misma no ha expresado. Además, en una situación de crisis, no corresponde convertir una conversación de apoyo en un diagnóstico.
Es preferible preguntar:
«¿Cómo te estás sintiendo?».
«¿Qué es lo que más te preocupa ahora?».
La persona debe poder explicar su propia experiencia con sus propias palabras.
Entonces, ¿qué podemos hacer?.
Si alguien está pasando por un momento difícil, podemos empezar por algo sencillo:
Escuchar. Sin interrumpir constantemente ni intentar encontrar una solución inmediata.
Acompañar. Hacerle saber que no tiene que afrontar ese momento completamente sola.
Preguntar. En lugar de asumir qué necesita, preguntarle directamente.
Respetar. Sus tiempos, sus decisiones y sus límites.
Los PAP no consisten en convertirnos en terapeutas ni en solucionar una situación compleja en unos minutos. Son una herramienta de apoyo inicial, especialmente útil ante situaciones de crisis, emergencia o acontecimientos potencialmente traumáticos.
Y, sobre todo, nos recuerdan algo importante: nuestra intención de ayudar también debe ir acompañada de la capacidad de escuchar.
AJI para recordar.
A: No Aconsejar.
J: No Juzgar.
I: No Interpretar.
Tres ideas sencillas que pueden ayudarnos a acompañar de una manera más respetuosa y cuidadosa.
A veces no podemos solucionar lo que le está ocurriendo a alguien, pero sí podemos escuchar, estar presentes y respetar su experiencia.
En Candombe abriremos nuevas fechas de PAP en septiembre. Si quieres participar, no dudes en seguirnos en redes sociales. ¡Estad atentas!
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Afganistán, cinco años después: una generación marcada por las restricciones.
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Cinco años después del regreso de los talibanes al poder, Afganistán continúa enfrentándose a una profunda crisis social y humanitaria. Las mujeres y las niñas se encuentran entre quienes han sufrido las consecuencias más graves, pero la situación afecta al conjunto de la población.
En agosto de 2021, los talibanes recuperaron el control de Afganistán tras la retirada de las fuerzas internacionales. La entrada de sus combatientes en Kabul puso fin al Gobierno de la República Islámica y abrió una nueva etapa para el país.
Cinco años después, aquella transformación política continúa teniendo consecuencias directas sobre la vida cotidiana de millones de personas.
Mujeres y niñas, ante una pérdida progresiva de derechos.
Desde su regreso al poder, las autoridades talibanas han impuesto numerosas restricciones a las mujeres y las niñas. El acceso a la educación ha sido uno de los principales ámbitos afectados: las adolescentes permanecen excluidas de la educación secundaria y las mujeres tampoco pueden acceder a la universidad.
A estas restricciones se suman importantes limitaciones en el acceso al empleo, la movilidad, la participación pública y determinados servicios.
No se trata únicamente de cifras o decisiones políticas. Cada restricción tiene consecuencias concretas: una joven que no puede continuar sus estudios, una mujer que pierde su empleo o una familia que ve reducido su acceso a servicios esenciales.
Una crisis que va más allá de los derechos de las mujeres.
La situación de las mujeres es uno de los aspectos más visibles de la realidad afgana, pero no es el único.
El país continúa afrontando una grave situación humanitaria, marcada por la pobreza, la inseguridad alimentaria, los desplazamientos y las dificultades para acceder a servicios básicos.
Además, millones de personas dependen de la asistencia humanitaria. La combinación entre una economía debilitada, los efectos de años de conflicto, los desastres naturales y el retorno de población afgana desde países vecinos ha incrementado la presión sobre comunidades que ya se encontraban en una situación vulnerable.
Cinco años después…
Afganistán ya no ocupa las portadas internacionales como lo hizo durante aquellas semanas de agosto de 2021. Sin embargo, que una situación deje de aparecer diariamente en las noticias no significa que sus consecuencias hayan desaparecido.
Cinco años después, hay toda una generación de niñas y niños que está creciendo bajo una realidad profundamente diferente a la que conocían sus familias.
Hablar de Afganistán hoy significa, por tanto, mirar más allá del cambio de Gobierno de 2021. Significa preguntarse qué está ocurriendo con las personas que viven allí y qué posibilidades tienen de construir su futuro.
En Candombe creemos que los derechos no deberían depender de que un país ocupe o no los titulares. Afganistán sigue necesitando atención, solidaridad y una mirada que ponga a las personas en el centro.
¿Qué futuro espera a toda una generación?
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Día Mundial de la Asistencia Humanitaria: ayudar no debería costar la vida.
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Cada 19 de agosto se celebra el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, una fecha para reconocer el trabajo de miles de personas que, en medio de guerras, catástrofes y otras crisis, siguen estando al lado de quienes necesitan ayuda.
Pero también es un día para recordar algo que no debería ser necesario repetir: quienes ayudan también necesitan protección.
La asistencia humanitaria está presente cuando una familia tiene que abandonar su hogar, cuando una comunidad queda aislada después de una catástrofe, cuando faltan alimentos o medicamentos, o cuando una persona necesita un lugar seguro donde refugiarse.
No se trata únicamente de repartir ayuda. Se trata de proteger vidas, acompañar a las personas y garantizar que, incluso en las situaciones más extremas, puedan conservar su dignidad y sus derechos.
Una fecha que nació de una tragedia.
El origen de este día está marcado por uno de los ataques más graves contra el personal humanitario.
El 19 de agosto de 2003, un atentado contra el Hotel Canal de Bagdad, donde se encontraba la sede de Naciones Unidas en Iraq, acabó con la vida de 22 personas, entre ellas Sergio Vieira de Mello, representante especial del Secretario General de la ONU.
Cinco años después, Naciones Unidas estableció oficialmente el 19 de agosto como Día Mundial de la Asistencia Humanitaria.
Desde entonces, la fecha sirve para reconocer a quienes trabajan en primera línea y también para recordar a quienes han perdido la vida mientras lo hacían.
Cuando ayudar se convierte en un riesgo.
Los últimos años han demostrado que la situación está lejos de mejorar.
En 2024 murieron 383 trabajadores humanitarios, la cifra más alta registrada hasta entonces. Cientos más fueron heridos, secuestrados o detenidos. La mayoría eran trabajadores nacionales que estaban ayudando a sus propias comunidades.
Detrás de ese número hay personas que tenían familias, proyectos y vidas propias.
Personas que decidieron dedicar su trabajo a atender a otras personas en momentos especialmente difíciles.
Por eso, hablar de asistencia humanitaria también significa hablar de seguridad, de derecho internacional y de responsabilidad.
Una crisis no puede convertir a nadie en un objetivo.
El derecho internacional humanitario establece normas para proteger a la población civil y a quienes prestan asistencia durante los conflictos.
Esas normas siguen siendo vulneradas en distintos lugares del mundo, mientras millones de personas necesitan ayuda para sobrevivir.
Y cuando un trabajador humanitario es atacado, las consecuencias no terminan en esa persona. Una ambulancia que no puede llegar, un centro sanitario que deja de funcionar o un equipo que tiene que abandonar una zona significa también menos ayuda para quienes dependen de ella.
Cuando se ataca a quienes ayudan, también se pone en peligro a quienes necesitan ser ayudados.
No podemos acostumbrarnos.
Vivimos rodeados de imágenes de guerras, desplazamientos y catástrofes. Con el tiempo, existe el riesgo de que detrás de las cifras dejemos de ver a las personas.
Pero cada número representa una vida.
Una familia que ha perdido su casa, una persona que necesita tratamiento, alguien que ha tenido que cruzar una frontera para ponerse a salvo o una comunidad que intenta reconstruirse después de una tragedia.
La asistencia humanitaria existe precisamente para que esas personas no queden abandonadas.
Por eso motivo, este 19 de agosto no solo queremos reconocer a quienes ayudan. También queremos recordar que ayudar debe poder hacerse de forma segura, que la población civil debe ser protegida y que las vulneraciones del derecho internacional no pueden quedar sin respuesta.
Proteger a quienes cuidan de otros también es una forma de cuidar nuestra propia humanidad.
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La partición de India y Pakistán: el éxodo que siguió a la independencia.
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El 14 y 15 de agosto de 1947 nacieron Pakistán e India, respectivamente, tras el final del dominio británico sobre el subcontinente indio. La independencia, sin embargo, estuvo acompañada de una de las mayores crisis de desplazamiento de población del siglo XX.
La llamada partición de India dividió el territorio en función, principalmente, de criterios religiosos y estableció nuevas fronteras entre ambos Estados. La decisión tuvo consecuencias inmediatas para millones de personas que vivían en zonas que pasaron a formar parte del otro país.
Entre 14 y 18 millones de personas desplazadas.
La partición desencadenó un movimiento masivo de población. Se calcula que entre 14 y 18 millones de personas cruzaron las nuevas fronteras durante los meses posteriores a la independencia.
Millones de musulmanes se desplazaron hacia Pakistán, mientras que hindúes y sijes se dirigieron hacia India. El proceso estuvo marcado por la incertidumbre, la falta de protección y la violencia intercomunitaria.
Muchas personas abandonaron sus hogares a pie o en trenes abarrotados. Algunas familias llegaron separadas y otras nunca volvieron a encontrarse.
Una violencia con un enorme coste humano.
La partición provocó enfrentamientos y ataques entre comunidades en distintas zonas del territorio. Hubo asesinatos, desplazamientos forzados, secuestros y destrucción de viviendas y poblaciones.
Las estimaciones sobre el número de víctimas varían, pero más de un millón de personas pudieron morir como consecuencia de la violencia y las condiciones asociadas al desplazamiento.
La dimensión de la tragedia convirtió la partición en uno de los mayores desplazamientos humanos de la historia contemporánea.
Más allá de una frontera.
La partición no fue únicamente un acontecimiento político. Para millones de personas significó abandonar el lugar donde habían nacido y comenzar una nueva vida lejos de sus hogares.
Sus consecuencias también perduraron durante décadas y contribuyeron a la tensión entre India y Pakistán, especialmente en torno a la región de Cachemira.
Casi 80 años después, la memoria de aquel éxodo continúa presente en muchas familias.
La historia de 1947 recuerda que detrás de las grandes transformaciones políticas existen también historias individuales de desplazamiento, pérdida y supervivencia.
Una frontera puede dividir un territorio en un mapa, pero sus consecuencias pueden acompañar a generaciones enteras.
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Temporeras: mucho más que mano de obra.
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Cada año, cuando llegan las campañas agrícolas, miles de personas se incorporan durante semanas o meses al trabajo en los campos españoles. La recogida de frutas, verduras, cítricos, aceituna o uva depende, en buena medida, de esta mano de obra temporal.
Muchas de estas personas son migrantes. En abril de 2026, las personas extranjeras representaban el 27,1 % de las personas afiliadas en el sector de la Agricultura, Ganadería, Silvicultura y Pesca. En el Sistema Especial Agrario, su presencia era todavía mayor: suponían el 40,7 % de las personas afiliadas extranjeras.
Estos datos permiten entender el peso que tiene la población migrante en un sector fundamental para la economía y para nuestra alimentación. Pero también obligan a mirar más allá de las cifras.
Un trabajo temporal, unos derechos permanentes.
Ser temporera significa, en muchos casos, desplazarse de un lugar a otro siguiendo el calendario de las campañas agrícolas. Para algunas personas supone una oportunidad de empleo durante unos meses; para otras, forma parte de una estrategia migratoria que combina diferentes trabajos y desplazamientos a lo largo del año.
En el Estado Español también existe la denominada migración circular, mediante la que personas son contratadas en sus países de origen para trabajar temporalmente en determinadas campañas y regresar posteriormente a sus lugares de procedencia. Durante 2023 y 2024, alrededor de 40.000 personas llegaron a territorio español a través del programa de contratación en origen GECCO.
Pero que un empleo sea temporal no significa que los derechos puedan serlo.
Las personas trabajadoras del campo tienen derecho a un contrato, a un salario conforme a la normativa y al convenio correspondiente, a descansos, a cotizar a la Seguridad Social y a trabajar en condiciones que protejan su salud y seguridad.
Además, durante los meses de verano existe un riesgo añadido: las altas temperaturas. El calor extremo puede convertirse en un problema de salud y seguridad para quienes realizan trabajos físicos al aire libre, por lo que la prevención y la adaptación de las condiciones de trabajo resultan especialmente importantes.
Cuando hablamos de migración, hablamos de personas.
Una parte importante de las personas que participan en estas campañas son migrantes. En determinados sectores y campañas, además, la presencia de mujeres migrantes es especialmente significativa.
Sin embargo, existe el riesgo de reducir toda esta realidad a una cuestión de necesidad de mano de obra.
Las personas que llegan a los campos españoles no son solamente trabajadores y trabajadoras que cubren un puesto durante una campaña. Son personas con historias, familias, proyectos, vínculos y derechos. Algunas llevan años viviendo en el Estado Español; otras llegan únicamente durante unos meses; otras utilizan estos empleos como una puerta de entrada a un nuevo proyecto de vida.
Hablar de temporeros también significa hablar de migración, pero hacerlo únicamente desde el punto de vista económico deja fuera una parte fundamental de la realidad.
El campo también tiene derechos.
Las campañas agrícolas forman parte de nuestra vida cotidiana, aunque muchas veces no pensemos en quién está detrás de ellas.
Cuando compramos una fruta, una verdura o cualquier otro producto de temporada, rara vez vemos las horas de trabajo que han sido necesarias para que llegue hasta nosotros.
Por eso, hablar de temporeras no debería servir únicamente para explicar cómo funciona una campaña agrícola. También debe servir para recordar que detrás de cada cifra hay personas y que detrás de cada trabajador hay una historia que va mucho más allá de su empleo.
El trabajo puede ser temporal. Los derechos y la dignidad, no.
Fuentes: Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones; Ministerio de Trabajo y Economía Social; Seguridad Social.
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