Nada es tan nuestro como creemos
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Hay cosas que forman parte de nuestra vida hasta tal punto que dejamos de preguntarnos de dónde vienen.
El café que tomamos por la mañana. El arroz de una paella. El tomate de una ensalada. Las palabras que utilizamos para hablar. El teléfono que llevamos en el bolsillo. Una canción que escuchamos. Los números con los que hacemos una cuenta.
Parecen elementos independientes, propios de nuestro día a día, incluso de nuestra cultura. Pero basta con detenerse un momento y seguir su rastro para descubrir algo bastante más complejo: muchas de las cosas que consideramos propias tienen historias que atraviesan fronteras, continentes y generaciones.
No es una particularidad del mundo actual. Tampoco empezó con la globalización.
La humanidad lleva miles de años desplazándose, comerciando, intercambiando conocimientos, conquistando territorios, huyendo de conflictos, buscando nuevas oportunidades y entrando en contacto con otras sociedades.
Y esas relaciones han dejado huella en prácticamente todo lo que nos rodea.
Una cocina que dibuja un mapa.
Pensemos en algunos alimentos que hoy asociamos con determinadas cocinas.
La patata procede de los Andes. El tomate, los pimientos y el cacao tienen su origen en América. El arroz cuenta con una historia milenaria en Asia. El café tiene sus raíces en África y su cultivo y consumo como bebida se desarrollaron posteriormente en Yemen.
Su llegada a otras regiones no siempre respondió a las mismas circunstancias. Hubo comercio, exploración, intercambio y adaptación, pero también conquista, colonización y desplazamientos forzados.
El resultado, con el paso de los siglos, es que muchos de esos productos acabaron incorporándose a las cocinas locales hasta convertirse en algo que hoy parece inseparable de ellas.
La patata llegó a Europa en el siglo XVI. El tomate también cruzó el Atlántico en ese periodo. El cacao, procedente de Mesoamérica, terminó convirtiéndose en uno de los productos más consumidos del mundo.
Hoy nadie necesita pensar en América cuando come una tortilla de patatas o en los Andes cuando compra patatas en el supermercado.
El origen se vuelve invisible cuando algo pasa a formar parte de nuestra vida cotidiana.
Y eso es precisamente lo interesante.
Las palabras también dejan huella.
No hace falta entrar en la cocina para encontrar historias de este tipo. Basta con abrir la boca.
El castellano, como cualquier lengua viva, es el resultado de siglos de contacto entre pueblos y lenguas diferentes.
Palabras tan habituales como aceite, almohada, alcalde, azúcar u ojalá tienen origen árabe. Otras, como tomate y chocolate, llegaron desde lenguas indígenas americanas.
Podemos seguir el recorrido de algunas de ellas.
Tomate procede del náhuatl tomatl.
Chocolate está relacionado con el náhuatl xocolātl.
Aceite procede del árabe az-zayt, relacionado con la palabra que designaba el aceite de oliva.
Azúcar procede del árabe as-sukkar, que a su vez tiene una historia lingüística mucho más antigua y vinculada a las rutas comerciales entre Asia y Occidente.
Las palabras cambian cuando pasan de una lengua a otra. Se adaptan a nuevos sonidos, nuevas pronunciaciones y nuevos usos.
Pero permanecen.
Y, muchas veces, dejamos de recordar que alguna vez fueron «extranjeras».
El conocimiento tampoco tiene una sola procedencia.
La historia de la ciencia ofrece ejemplos todavía más claros.
El sistema de numeración que utilizamos habitualmente se desarrolló a partir de conocimientos matemáticos de la India y llegó a Europa, entre otras vías, a través del mundo islámico.
La transmisión del conocimiento durante la Edad Media tampoco fue un recorrido sencillo de un lugar a otro. Textos y saberes procedentes de las tradiciones griega, persa, india y árabe fueron traducidos, estudiados, conservados y desarrollados en distintos centros intelectuales.
En matemáticas, astronomía, medicina, filosofía o navegación encontramos continuamente esta circulación de conocimientos.
Por eso resulta difícil hablar de una ciencia completamente «de un sitio».
El conocimiento se construye acumulando lo que otros descubrieron antes, corrigiéndolo, ampliándolo y transmitiéndolo.
Nadie empieza desde cero.
También viajaron las tecnologías.
Algo parecido ocurre con muchas tecnologías que hoy consideramos universales.
El papel se desarrolló en China y su fabricación se extendió posteriormente hacia Asia occidental y Europa.
La pólvora también tiene sus primeras referencias en China.
La imprenta de tipos móviles tuvo importantes desarrollos en Asia antes de que Johannes Gutenberg popularizara la impresión con tipos móviles metálicos en la Europa del siglo XV.
No se trata de restar importancia a quienes transformaron estas tecnologías en nuevos contextos. Gutenberg, por ejemplo, tuvo un papel decisivo en la expansión de la imprenta europea.
Pero sí sirve para recordar algo importante: las innovaciones no aparecen aisladas.
Se apoyan en conocimientos anteriores, circulan, se modifican y adquieren nuevos usos.
La cultura tampoco permanece quieta.
La música ofrece otra ventana para entenderlo.
El candombe uruguayo, por ejemplo, está profundamente relacionado con la historia de las comunidades de ascendencia africana de Montevideo. Sus raíces están vinculadas a la presencia africana en el Río de la Plata, marcada también por la esclavitud y el desplazamiento forzado de personas.
Con el paso del tiempo, el candombe se convirtió en una expresión fundamental de la cultura uruguaya.
En 2009, la UNESCO lo incorporó a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Su historia nos recuerda que las expresiones culturales no pueden entenderse únicamente mirando el lugar donde hoy las encontramos.
Hay que mirar también quiénes las llevaron, en qué circunstancias llegaron, qué transformaciones experimentaron y cómo fueron transmitidas.
Lo mismo podemos observar en géneros musicales como el jazz, el reggae, el tango o la salsa, cada uno con historias diferentes y con múltiples influencias.
No significa que todas las culturas sean una mezcla indistinguible.
Significa algo más sencillo: las culturas cambian cuando entran en contacto con otras.
No todo intercambio fue igual.
Hay una cuestión que conviene no perder de vista.
Hablar de intercambios entre sociedades puede sonar demasiado amable si olvidamos las circunstancias en las que se produjeron.
A lo largo de la historia hubo comercio y aprendizaje, pero también invasiones, explotación, esclavitud, colonialismo y desplazamientos forzados.
Algunos conocimientos fueron transmitidos voluntariamente. Otros fueron apropiados.
Algunas personas viajaron porque quisieron. Otras fueron obligadas a hacerlo.
Y algunas sociedades tuvieron mucho más poder que otras para decidir qué se intercambiaba, quién podía hacerlo y quién se beneficiaba de ello.
Contar estas historias exige reconocer esa desigualdad.
Porque decir que el mundo siempre ha estado conectado no significa decir que esas conexiones hayan sido siempre justas.
Entonces, ¿qué significa realmente «lo nuestro»?.
Quizá esta sea la pregunta que queda después de recorrer todas estas historias.
¿Qué convierte algo en propio?
¿El lugar donde se originó?
¿El tiempo que lleva formando parte de una sociedad?
¿Las personas que lo transformaron?
¿La manera en que lo hemos incorporado a nuestra vida?
La respuesta no es sencilla.
El tomate llegó de América, pero forma parte de la cocina mediterránea desde hace siglos.
Palabras de origen árabe forman parte del castellano y del valenciano actual.
Conocimientos desarrollados en distintos lugares del mundo terminaron formando parte de la ciencia que hoy estudiamos como un patrimonio común.
Una música puede nacer en un contexto concreto y terminar siendo reconocida mucho más allá de sus fronteras.
La pertenencia no siempre tiene un único punto de partida.
Y entonces aparecen las personas.
Aquí es donde esta historia deja de ser solamente una cuestión de alimentos, palabras o tecnología.
Porque las personas también se desplazan.
Lo han hecho durante miles de años, por razones muy diferentes: para comerciar, estudiar, trabajar, escapar de una guerra o de una persecución, reunirse con su familia, buscar oportunidades o, sencillamente, comenzar una nueva vida.
Al llegar, también transforman y son transformadas por las sociedades que encuentran.
Llevan consigo conocimientos, idiomas, costumbres, formas de entender el mundo, recetas, música, profesiones y experiencias.
Algunas de esas aportaciones serán visibles.
Otras pasarán desapercibidas.
Y muchas, con el tiempo, dejarán de parecer «de fuera».
Un mundo construido entre muchas manos.
No vivimos en sociedades aisladas.
Nuestra vida cotidiana es el resultado de una historia larga y compleja, en la que han participado personas de lugares muy diferentes.
Eso no significa que las fronteras no existan, ni que las diferencias culturales desaparezcan, ni que todos los intercambios históricos hayan sido positivos.
Significa que la idea de una cultura completamente aislada de las demás resulta difícil de sostener cuando miramos la historia con un poco de perspectiva.
Quizá por eso convenga desconfiar de algunas frases que parecen sencillas.
«Esto es de aquí». «Eso es de fuera». «Nuestra cultura siempre ha sido así».
La historia suele ser bastante más complicada.
Porque detrás de una palabra puede haber otra lengua, detrás de una receta, otro continente, detrás de una tecnología, generaciones de conocimiento, detrás de una canción, una historia de desplazamientos y resistencia…
Y detrás de una sociedad, millones de personas que, en algún momento de la historia, estuvieron en movimiento.
Nada es tan nuestro como creemos.
Quizá mirar de dónde vienen las cosas no sirva únicamente para conocer mejor el pasado.
También puede ayudarnos a mirar de otra manera a quienes llegan hoy.
Porque si algo demuestra la historia es que el mundo que habitamos nunca fue construido por una sola sociedad, ni por un solo pueblo, ni desde un único lugar.
Lo construimos, generación tras generación, a partir de todo aquello que hemos aprendido, recibido, transformado y dejado atrás.
Y esa historia continúa.
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Fuentes y referencias: UNESCO, Smitsonian Institution, Encyclopaedia Britannica, Food and Agriculture Organization (FAO), Library of Congress y documentación histórica y lingüística especializada.


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